Portada compuesta de La Maldad de Lodosombrío
Colección de Game Assets
La Maldad de Lodosombrío
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34 recursos incluidos en la composición disponible hoy.
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Alan DurandorRecluta que asesta el primer golpe certero contra la criatura poseída; se convierte en el líder improvisado tras la batalla final, organizando la evacuación con entereza.
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Alda ArkinConservadora del museo con doble vida como agente de la Orden de los Rebeldes de Lodosombrío; fría y calculadora en público, quebrada por dentro; su cartera esconde las pruebas de su traición.
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Bram ColestonAntiguo guardia del muelle reconvertido en escolta; postura rígida de disciplina militar; siempre protege a sus compañeras con el escudo en alto; muere heroicamente defendiendo al grupo.
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Brunhilda ForjahierroSacerdotisa guerrera del Yunque Sagrado, sana con un resplandor cálido de sus manos; desconfiada de la magia arcana ajena; devota hasta el sacrificio final.
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Capitán Frankborn WaltersVeterano capitán retirado contratado para robar la piedra durante la gala; frío y disciplinado, no cede ante la presión hasta ser desenmascarado por Mirela.
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Doctora Cassee DannellArqueóloga descubridora de la Piedra de Lodosombrío; apasionada y meticulosa pero ajena al peligro práctico; no es plenamente consciente de que la piedra es un huevo hasta que es demasiado tarde.
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El Horror de LodosombríoForma adulta y completamente desarrollada de la criatura nacida de la Piedra de Lodosombrío; extremadamente inteligente y calculadora, reconoce y prioriza a los conjuradores en combate; escupe proyectiles de lodo corrosivo y puede parasitar cuerpos humanos como huéspedes.
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El broquel de BramEscudo de Bram Coleston, único legado tangible tras su muerte; Brunhilda lo conserva y lo cuelga sobre tres petates gastados en su buhardilla.
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Elowen ThistledownEstudiosa de lo arcano, detecta trampas y auras mágicas; lanza conjuros de fuego y percepción; su voz de autoridad académica impone respeto.
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FeodorEspía y cronometrador al servicio de Alda Arkin; imperturbable bajo amenaza; termina poseído como huésped parasitario del Horror y pierde la razón para siempre.
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La Piedra de LodosombríoEn realidad es el huevo de una criatura sobrenatural; emite pulsos de energía mágica cada vez más intensos y acaba eclosionando.
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La cartera de Alda ArkinAlda Arkin no se separa de ella en toda la velada; contiene el libro de contabilidad clandestino y misivas selladas con el emblema de la Orden, la prueba definitiva de su traición.
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La cría de LodosombríoFase inicial del Horror de Lodosombrío; carece de visión pero detecta vibraciones sonoras; busca huéspedes vivos para parasitar en lugar de alimento directo.
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La llave de huesoLlave destinada a desactivar el cepo mágico del pedestal desde el exterior; robada por Mirela durante un cacheo discreto al capitán Walters; clave para escapar de la jaula arcana.
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Maryam BikramJefa de la guardia nocturna del museo, leal e inflexible; termina el combate final herida pero victoriosa; tras la aventura desaparece, poseída por una influencia oscura procedente del pantano.
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Mirela CorvinoCarterista y arquera de gran destreza, experta en desarmar guardias con encanto y sigilo; guarda una plaquita de hueso robada como prueba clave.
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OswinLimpiador del museo que conoce los conductos de ventilación mejor que nadie; guía al grupo por los pasadizos de servicio; sobrevive con el llavero de su amigo Peleg como reliquia.
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Peleg poseídoEl capataz Peleg, inoculado como huésped ciego de la criatura para distraer y abrir camino hacia el tejado; ya no conserva rastro de consciencia humana; muere calcinado por fuego arcano.
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SarnCómplice infiltrado de Alda Arkin que transfiere la llave robada al capitán Walters; desaparece sin dejar rastro en los registros del museo.
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El Ala de las GemasSalón de baile de calculada opulencia en la planta superior del Museo Varkenbluff, tras unas puertas dobles de roble. Mesas redondas con manteles de damasco escarlata, grandes espejos de marco dorado en las paredes que multiplican la luz de las arañas de cristal y crean ángulos muertos en las esquinas noreste y suroeste. Columnas de mármol, tapices, un estrado para la ponencia y un diván al fondo. En el centro exacto, sobre un pedestal de mármol blanco labrado con glifos geométricos, descansa una piedra opaca de azul verdoso turbio recorrida por vetas que evocan una escritura remota. En lo alto del muro oeste, medio oculta tras una moldura de escayola, una estrecha rejilla de ventilación a cuatro metros del suelo.
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El Gran VestíbuloAmplio vestíbulo público del Museo Varkenbluff, de suelos enlosados de mármol y paredes de piedra bajo techos altísimos, coronado por un gran óculo acristalado en el domo. En el crucero se alza una gran columna de mármol; al frente, el mostrador de información con su campana de bronce y un coloso de bronce custodiando la arcada meridional. Al fondo, la puerta monumental convertida en un muro ciego: los colosales rastrillos de contención perimetral han caído a plomo y se encajan en las losas, cubiertos de runas. Vitrinas centrales, bancos de piedra, la gran escalinata subiendo hacia las exposiciones.
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El camposanto marineroEntierro de Bram Coleston en el camposanto marinero, junto a las dársenas donde desempeñó su guardia, con los honores parcos que despiden a los hombres sencillos. Un túmulo de tierra húmeda recién removida con una única flecha intacta depositada encima. Tres figuras de luto —una enana robusta, una mediana y una elfa— junto a la tumba; el cortejo dispersándose y la elfa permaneciendo inmóvil mucho después. Al fondo, mástiles, grúas y muelles bajo un cielo gris de puerto.
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El cepo del pedestalVista cercana y baja del pedestal de mármol blanco en el Ala de las Gemas. Los trazos labrados no son una inscripción votiva sino el esquema de una máquina: líneas filiformes que brotan de la base de la piedra, se bifurcan en ángulos estrictamente funcionales, confluyen en la arista del zócalo y descienden por el fuste hasta fundirse con las juntas del enlosado, anclando el circuito al propio edificio. En el centro de la base, casi a ras de suelo, una placa metálica lisa del tamaño de un naipe, embutida a ras de la piedra: el cerrojo de corte. Encima, la piedra azul verdosa de surcos que parecen anillos de crecimiento. Magia de transmutación latente, un tenue brillo en los canalillos.
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El cuarto de intendenciaAl final de un pasadizo septentrional angosto y sin ventilación, donde el rastro de icor se desvanece en una bifurcación de mantenimiento, un cuarto de intendencia con la cancela entreabierta. Dentro, entre cubos volcados y anaqueles, un empleado de limpieza yace de espaldas paralizado de espanto; sobre su pecho descansa la cría, replegada como un músculo tenso, extendiendo un filamento alargado que desciende con frialdad hacia su boca. En el umbral irrumpen tres siluetas armadas —una espada, una lanza y una pica— a punto de cargar. Una tobera de evacuación oscura en la pared.
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El despacho de la conservadoraDespacho tras la tercera puerta de roble del pasillo administrativo, con la cancela entornada y vacío de morador. Preside la estancia un secreter de roble de gran calidad con el cajón principal forzado; dentro, un libro de contabilidad encuadernado en becerro y un fajo de misivas lacradas sin remitente, todas selladas con el mismo bajorrelieve siniestro: una espiral que desciende hundiéndose en el cieno. Archivadores, papeles ordenados con rigor administrativo y la luz amortiguada de un candil en la noche.
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El emisario cruza los rastrillosBajo el gran óculo del Gran Vestíbulo, una elfa sentada con las piernas cruzadas en trance de detección. Al fondo, una figura de levita cara y guantes de cabritilla, de facciones indistinguibles, camina con paso pausado y metódico hacia la salida principal, ajena al clamor de la campana. La puerta monumental es un muro ciego de hierro y runas: los colosales rastrillos han caído a plomo. Una ondulación etérea cubre su silueta durante un parpadeo —un salto dimensional limpio— y su cuerpo se recompone al otro lado del enrejado, en el primer peldaño de la escalinata exterior, donde la niebla nocturna de Varkenbluff lo acoge.
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El huésped del desvánTras subir por la chimenea matriz —una escalera helicoidal de hierro anclada al ladrillo refractario, con icor coagulado en los peldaños—, el desván del museo: embalajes, lonas y molduras de escayola apilados bajo la tenue luz cenital de una claraboya central en un domo acristalado. Encaramada a los tirantes de hierro, una figura con blusón de lona basta y calzas de mantenimiento, el tórax ensanchado por placas quitinosas que supuran humor negruzco y una corona de filamentos ciegos brotando de la coronilla, trepa en espasmos para reventar la claraboya. Desde abajo, un cono de llamas arcanas la envuelve en el aire antes de que rompa el cristal; las virutas del suelo empiezan a prender.
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La caída del progenitorEn el Gran Vestíbulo, tras el estruendo de un derrumbe señuelo en el ala de Fauna Arcaica, una sombra gigantesca se descuelga en silencio absoluto desde la penumbra de la cornisa superior y cae a plomo en mitad del crucero. El impacto revienta las losas de mármol en una lluvia de esquirlas y levanta una nube sofocante de polvo de cal. Agazapado entre los cascotes, el Horror de Lodosombrío se yergue sobre sus cuartos traseros: alto como un expositor, con la corpulencia de dos hombres, cuero cetrino en pliegues pesados sobre un tórax deforme, dos tajos supurando en el costado, garras de más de un palmo y una corona ciega de filamentos ciliares desplegada frente a una línea de guardias rota. Vitrinas arrancadas y cuatro surcos paralelos en el suelo.
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La eclosión en Maravillas SubterráneasEn la galería de Maravillas Subterráneas, entre vitrinas triangulares de minerales y joyas que proyectan sombras grotescas en la semioscuridad, el fardo envuelto en una capa militar se desgarra desde dentro. Bajo la tela estalla una incandescencia esmeralda que proyecta las siluetas del grupo contra los cristales en sombras largas y deformes. Fragmentos de la corteza mineral veteada saltan contra las losas como cristal quebrado; lo que queda es una masa viscosa y palpitante del tamaño de un melón, surcada por filamentos de luz verde, de cuya hendidura asoma una extremidad fina y negruzca. Cajas de embalaje y virutas en la esquina noreste; junto a la salida de servicio, dos figuras de bronce con alabardas en reposo.
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La gala de las gemasA las seis de la tarde, Varkenbluff se viste de gala. La fachada del museo, con columnas monumentales y arcos de piedra labrada, recibe un caudal de invitados con sedas, levitas oscuras y joyas discretas que ascienden la escalinata entre polillas que revolotean contra las lámparas mágicas. Dentro, en el Ala de las Gemas, la concurrencia de nobles y eruditos se congrega en silencio alrededor del estrado mientras una académica con ropas de ceremonia diserta junto al pedestal; camareros con bandejas, guardias apostados en las puertas y la piedra azul verdosa, inmóvil y tibia, en el centro de todas las miradas.
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La galería de Fauna ArcaicaGalería de exposición nocturna del museo dominada por un esqueleto fósil de dimensiones monumentales sobre una tarima, con otros fósiles de criaturas extintas y muestrarios de restos antiguos en vitrinas. En lo alto del muro, una rejilla de ventilación abierta por la que acaba de salir una figura menuda cubierta de hollín, descolgándose sobre el lomo pétreo de la bestia. Al fondo, un centinela solitario en el crucero del pasillo y una alfombra roja que se pierde hacia el Ala de las Gemas. Penumbra de velas de llama permanente en candeleros.
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La jaulaLa segunda detonación: una onda expansiva de fulgor esmeralda revienta dos vitrinas contiguas y apaga media docena de quinqués mágicos del Ala de las Gemas. La masa se separa del pedestal y el sistema de contención colapsa: los glifos del perímetro resplandecen con incandescencia ponzoñosa, desde el dintel de las puertas dobles brotan barrotes de energía esmeralda y caen pesados rastrillos de hierro macizo que se encajan en las ranuras del pavimento, seguidos de un velo translúcido de transmutación que sella las juntas como cera caliente. El salón queda convertido en un búnker ciego bajo una cúpula hermética; cristales rotos, sillones volcados, lágrimas de las arañas tintineando, diez figuras diminutas atrapadas.
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La visión de la ciénagaFrente al azogue del espejo de su alcoba, una mujer de porte marcial se lleva los dedos al cuello, donde palpita un nódulo diminuto; en el reflejo, sus pupilas se anegan de oscuridad absoluta y la estancia se disuelve en una visión: una ciénaga yerma bajo un firmamento lívido de brumas bajas, aguas estancadas y juncos altos. Un círculo de siluetas encapuchadas se congrega sobre las aguas cenagosas entonando una salmodia grave y monocorde. En el centro de la marisma, bajo un fango que apenas ondula, aguarda en reposo una masa colosal y verduzca, monstruosa, paciente, despierta desde tiempos inmemoriales.
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Por BramEl desenlace del combate en el Gran Vestíbulo arrasado: suelo sembrado de cristales rotos, losas arrancadas, vitrinas convertidas en lagos de vidrio fundido y un coloso de bronce descoyuntado entre pilastras. Una flecha se sepulta en la garganta del progenitor mientras una espada lo atraviesa de lado a lado bajo el esternón; al mismo tiempo, desde el domo del vestíbulo desciende en haz vertical una llamarada sagrada que satura la sala de incandescencia blanca. El Horror cae de hinojos, su corona ciliar oscilando y orientándose hacia el norte remoto, hacia las ciénagas. En el suelo, junto a un cuerpo yacente, un broquel abollado.